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Lluc Baños

Lluc Baños

Barcelona (1985)

 

Lluc Baños me propone continuar juntos una conversación iniciada hace meses. Un debate no exclusivamente entre él y yo, sino entre un grupo más nutrido del que ambos formábamos parte, y que tomó como punto de partida
una pregunta con la que el escritor Richard Sennet iniciaba, en su ensayo El artesano, un capítulo acerca de algo que él ha llamado la conciencia material.

¿Es nuestra conciencia de las cosas independiente de las cosas mismas? se preguntaba, para posteriormente apuntar que si algo hace interesante a un objeto es el campo de conciencia propia –el del artesano en aquel caso-, y que
todos sus esfuerzos por lograr un trabajo de buena calidad dependen de su curiosidad por el material que tiene entre las manos. Lejos ya de aquel espacio en que se produjeron las primeras apreciaciones con las que, tanto Lluc como
el resto de artistas presentes, fueron poco a poco esgrimiendo un relato, surge ahora esta conversación que, como en el caso de la exposición a la que acompaña, se articula desde la necesidad.

Entre los diferentes tipos de artistas, si es que existen dos iguales, siempre me han interesado más los perseverantes que los que intentan a toda costa alimentar la imagen del genio, esos cuyo trabajo busca parecer fruto de un estado de gracia. Lluc me cuenta algunas de las razones que lo han llevado en los últimos años a trabajar en un par de series de esculturas en piedra, y descifro que hay mucho de amor al oficio, pero también mucho de entregarse a una rutina. Entiendo así que su modo de trabajar se sitúa a medio camino entre la figura del artista y la del artesano, no la del artista que utiliza la mano especializada del artesano, sino la del artista que a muchos niveles funciona como éste. A esto responde el hecho de no renegar de las decisiones que han de ser tomadas por el Lluc artista, ni tampoco el evitar hablar u operar en algunos momentos de la manera en que lo hace el otro Lluc, el que llega al taller como lo hace el cantero que labra ornamentos, y opera en gran medida como él lo haría. Es decir, en base a un conocimiento de la técnica, y en base a un deseo de superación de la misma, pero evitando por supuesto caer en florituras vacuas.

A propósito de unas pequeñas esculturas que Lluc realizó con el alpiste de un pájaro que se le había escapado, comenta:

 

“Me interesaba sobre todo ese carácter simbólico del material, el alpiste como el alimento de aquello que se eleva.”

 

He tenido esta frase frente a mí durante semanas, y sólo ahora he entendido que define de un modo rotundo lo que Lluc Baños busca.

 

Ángel Calvo Ulloa

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